"Algunas casas guardan secretos.
Otras guardan siglos."
El Pazo do Souto no nació como hotel, ni como destino turístico. Nació como hogar — la expresión en piedra de una familia que quiso dejar su marca en el paisaje gallego para siempre. En el siglo XVII, cuando Juan Antonio Posse de Soto ordenó levantar la casa solariega sobre un antiguo castro castreño, no imaginaba que tres siglos después, sus muros seguirían en pie.
La finca ha sido muchas cosas: residencia nobiliaria, escuela pública, refugio familiar y, durante años, un lugar donde el tiempo parecía detenido. Cada época dejó algo atrás: marcas en la piedra, madera desgastada, nombres que ya nadie recuerda y silencios que aún permanecen.
Lo que hoy es el Pazo do Souto es el resultado de todas esas capas superpuestas: la austeridad del siglo XVII, la elegancia del XIX, la apertura del XX y la sensibilidad del presente. No es una reconstrucción. No es una imitación. Es una continuidad — una historia que sigue escribiéndose.
Aquí Galicia no aparece como escenario, sino como forma de vivir el tiempo. La lluvia sobre la piedra, el olor a madera antigua, la niebla entrando entre los árboles al amanecer. El Pazo no intenta impresionar. Solo permanece.

Juan Antonio Posse de Soto levanta la casa solariega sobre un antiguo castro castreño. La piedra de granito gallego, trabajada a mano durante años, da forma a una estructura que desafía el tiempo. La capilla barroca, el hórreo tradicional, los muros de tres metros — cada elemento nace con la intención de perdurar siglos. Todavía hoy, algunas marcas de herramientas siguen visibles en ciertos sillares de la fachada. No era un capricho de la nobleza. Era una declaración.
Los Marqueses de Montenegro, últimos propietarios de abolengo, parten de Galicia. Antes de hacerlo, graban su emblema en la fachada principal — un último gesto de posesión sobre la piedra. La casa queda suspendida entre épocas, aguardando un nuevo propósito que llegará décadas después. Su huella permanece hasta hoy, tallada en el granito que no olvida.
Contra todo pronóstico, la aristocracia cede paso a la infancia. El Pazo do Souto se convierte en escuela pública durante décadas. Los pasillos que conocieron el silencio grave de la nobleza se llenan de voces, risas y el desorden generoso de los niños de Sísamo. Muchos vecinos de Sísamo todavía recuerdan haber cruzado estas puertas siendo niños. Una de sus transformaciones más hermosas — y la que más lo humanizó.
Después de años de silencio y abandono parcial, el Pazo do Souto resurge. Una restauración meticulosa devuelve a la vida los suelos de piedra, las chimeneas de granito y los jardines del siglo XIX. Nace así una de las primeras fincas de lujo rural de Galicia — un concepto entonces sin nombre en España. Sin alterar lo esencial: la piedra, el silencio y el carácter de la casa.
Más de tres décadas después de su renacimiento, el Pazo do Souto sigue siendo el mismo y otro. La piedra es la misma. La historia también. Pero cada año llegan nuevas memorias — bodas, celebraciones, encuentros, silencios compartidos. Hay casas que envejecen. Otras simplemente acumulan memoria. El tiempo pasa. El Pazo permanece.
José Taibo Suárez nació en 1947 en Sísamo, en el seno de una familia de catorce hermanos. Empezó a trabajar a los 13 años y, antes de cumplir los 18, emigró a Suiza, donde pasaría 27 años formándose en idiomas, banca y bolsa — desde la base hasta dirigir un departamento del Banco Exterior de España en Zúrich.
En 1987 surgió la oportunidad de comprar las ruinas de la Casa da Torre, como llamaba la parroquia al edificio del siglo XVII —levantado sobre un antiguo castro celta y una torre medieval— que hoy es el Pazo do Souto. No era un lugar cualquiera para José: de niño había acudido a la escuela en esas mismas paredes. Invirtió en su restauración los ahorros de toda una vida.
En noviembre de 1992, tras cinco años de restauración, abrió sus puertas como el cuarto establecimiento de turismo rural de toda Galicia —en un momento en que esta figura ni siquiera estaba regulada en la comunidad—. Ese mismo año llegó desde Suiza su hijo Carlos, con apenas 20 años, para sumarse de lleno al proyecto. Dos años después, el Pazo ya estaba recomendado en la Guía Michelin: el primero de la zona en lograrlo. Para José, el Pazo nunca fue solo un negocio: era el lugar donde había crecido, devuelto a la vida.
«Para mí, lo más importante es la honradez, y ser respetuoso con la familia y los amigos, y también ser muy coherente en todos los temas, con el entorno, en la empresa. Y también hay que tener tesón.»
— José Taibo Suárez, La Voz de Galicia, 2007
José Taibo Suárez falleció el 15 de noviembre de 2021, a los 74 años — justo veintinueve años después de abrir las puertas del Pazo.
Junto a su hermana Carmen, Carlos dedicó su vida a gerentar y conservar esta casa, convirtiéndola en un referente del turismo rural de la Costa da Morte. Falleció de forma prematura a principios de 2024, a los 52 años. Hoy, su madre Herminia Pombo y su hermana Carmen continúan cuidando cada rincón del Pazo con la misma honradez, tesón y hospitalidad que José y Carlos le dieron desde el primer día.
La única capilla privada de Carballo activa desde su construcción original. Testigo de siglos de bodas, bautizos y memorias familiares.
Conservado íntegro, símbolo de la memoria agraria de Galicia.
Tres metros de espesor en la fachada principal. Calor en invierno, frescor en verano. Una ingeniería natural que ninguna construcción moderna supera.
Tres siglos de memoria esperan detrás de los muros de granito.
Hay lugares que se visitan durante unos días y luego se olvidan.
El Pazo do Souto no funciona así.
Algo de esta casa permanece contigo incluso después de marcharte.